Nº 98 - 28/04/09
SANTA ISABEL DE PORTUGAL, REINA, MADRE DE FAMILIA Y PACIFICADORA.
La Católica Apostólica Romana es la religión que, en el
principio mismo de Santa Isabel, se estableció en la
localidad junto a sus primeros habitantes. De tal
manera, una vez fundado el pueblo en 1908 y comenzada su
organización, se colocó en 1911, junto a una cruz de
madera, la piedra fundamental de la que sería, en el
futuro, la iglesia Santa Isabel de Portugal.
Tras más de diez años de esfuerzos para su construcción, finalmente, el 2
de febrero de 1922 se inauguró el edificio de la iglesia
parroquial.
Isabel significa "Promesa de Dios" (Isab = promesa. El = Dios) y ésta es
la historia de la santa patrona de nuestro pueblo:
Nació en 1270, no se sabe ciertamente si en Zaragoza o
Barcelona. Era hija del rey Pedro III de Aragón y de
Constanza de Sicilia, nieta del rey Jaime el
Conquistador, biznieta del emperador Federico II de
Alemania. Le pusieron este nombre en honor de su tía
abuela Santa Isabel de Hungría.
Santa Isabel tuvo la dicha de que su familia se esmerara extremadamente en
formarla lo mejor posible en su niñez. Desde muy niña
tuvo una notable inclinación hacia la piedad y un gusto
especial por imitar los buenos ejemplos que leía en las
vidas de los santos o que observaba en las vidas de las
personas buenas. En su casa le enseñaron que si quería
en verdad agradar a Dios debía unir a su oración, la
mortificación de sus gustos y caprichos y esforzarse por
evitar todo aquello que la pudiera inclinar hacia el
pecado. Le repetían la frase antigua: "tanta mayor
libertad de espíritu tendrás, cuanto menos deseos de
cosas inútiles o dañosas tengas". Sus educadores le
enseñaron que una mortificación muy formativa es
acostumbrarse a no comer nada entre horas (o sea entre
comida y comida), y soportar con paciencia que no se
cumplan los propios deseos, y esmerarse cada día por no
amargarle ni complicarle la vida a los demás. Dicen sus
biógrafos que la formidable santidad que demostró más
tarde se debe en gran parte a la esmerada educación que
ella recibió en su niñez.
A los 15 años ya sus padres la habían casado con el rey de Portugal,
Dionisio. Este hombre admiraba las cualidades de tan
buena esposa, pero él por su parte tenía un genio
violento y era bastante infiel en su matrimonio, llevaba
una vida nada santa y bastante escandalosa, lo cual era
una continua causa de sufrimientos para la joven reina,
quien soportara todo con la más exquisita bondad y
heroica paciencia.
Sin embargo el rey dejaba a Isabel plena libertad para dedicarse a la
piedad y a obras de caridad. Ella se levantaba de
madrugada y leía cada día seis salmos de la Santa
Biblia. Luego asistía devotamente a la Santa Misa;
enseguida se dedicaba a dirigir las labores del numeroso
personal del palacio. En horas libres se reunía con
otras damas a coser y bordar y fabricar vestidos para
los pobres. Las tardes las dedicaba a visitar ancianos y
enfermos y a socorrer cuanto necesitado encontraba.
Hizo construir albergues para indigentes, forasteros y peregrinos. En la
capital fundó un hospital para pobres, un colegio
gratuito para niñas, una casa para mujeres arrepentidas
y un hospicio para niños abandonados. Conseguía ayudas
para construir puentes en sitios peligrosos y repartía
con gran generosidad toda clase de ayudas. Visitaba
enfermos, conseguía médicos para los que no tenían con
qué pagar la consulta; hacía construir conventos para
religiosos, a las muchachas muy pobres les costeaba lo
necesario para que pudieran entrar al convento, si así
lo deseaban. Tenía guardada una corona de oro y unos
adornos muy bellos y un hermoso vestido de bodas, que
prestaba a las muchachas más pobres, para que pudieran
lucir bien hermosas el día de su matrimonio.
Su marido el rey Dionisio era un buen gobernante pero
vicioso y escandaloso. Ella rezaba por él, ofrecía
sacrificios por su conversión y se esforzaba por
convencerlo con palabras bondadosas para que cambiara su
conducta. Llegó hasta el extremo de educarle los hijos
naturales que él tenía con otras mujeres.
Tuvo dos hijos: Alfonso, que fue rey de Portugal, sucesor de su padre, y
Constancia que fue reina de Castilla. Pero Alfonso dio
muestras desde muy joven de poseer un carácter violento
y rebelde. Y en parte, esta rebeldía se debía a las
preferencias que su padre demostraba por sus hijos
naturales. En dos ocasiones Alfonso promovió la guerra
civil en su país y se declaró contra su propio padre.
Isabel trabajó hasta lo increíble, con su bondad, su
amabilidad y su extraordinaria capacidad de sacrificio y
su poder de convicción, hasta que obtuvo que el hijo y
su padre hicieran las paces. Lo grave era que los
partidos políticos hacían todo lo posible para poder
enemistar al rey Dionisio y su hijo Alfonso.
Algunas veces cuando los ejércitos de su esposo y de su hijo se preparaban
para combatirse, ella vestida de sencilla campesina
atravesaba los campos y se iba hacia donde estaban los
guerreros y de rodillas ante el esposo o el hijo les
hacía jurarse perdón y obtenía la paz. Son
impresionantes las cartas que se conservan de esta reina
pacificadora. Escribe a su esposo: "Como una loba
enfurecida a la cual le van a matar a su hijito, lucharé
por no dejar que las armas del rey se lancen contra
nuestro propio hijo. Pero al mismo tiempo haré que
primero me destrocen a mí las armas de los ejércitos de
mi hijo, antes que ellos disparen contra los seguidores
de su padre". Al hijo le escribe: "Por Santa María la
Virgen, te pido que hagas las paces con tu padre. Mira
que los guerreros queman casas, destruyen cultivos y
destrozan todo. No con las armas, hijo, no con las
armas, arreglaremos los problemas, sino dialogando,
consiguiendo arbitrajes para arreglar los conflictos. Yo
haré que las tropas del rey se alejen y que los reclamos
del hijo sean atendidos, pero por favor, recuerda que
tienes deberes gravísimos con tu padre como hijo y como
súbdito con el rey". Y conseguía la paz una y otra vez.
Su esposo murió muy arrepentido, y entonces Isabel dedicó el resto de su
vida a socorrer pobres, auxiliar enfermos, ayudar a
religiosos y rezar y meditar.
Pero un día supo que entre su hijo Alfonso de Portugal y su nieto, el rey
de Castilla, había estallado la guerra. Anciana y
achacosa como estaba, emprendió un larguísimo viaje con
calores horrendos y caminos peligrosos, para lograr la
paz entre los dos contendores. Y este viaje fue mortal
para ella. Sintió que le llegaba la muerte y desde aquel
momento no dejó de rezar. Su lengua, cada vez más débil,
recitaba salmos y versos latinos de himnos litúrgicos.
Junto a su lecho, según ella siempre deseó, estaba su
hijo por el que tanto había sufrido. Murió el 4 julio
1336, en el castillo de Estremoz. Su cuerpo fue
trasladado hasta el monasterio de Santa Clara de
Coimbra, donde recibió el último homenaje y adiós de sus
súbditos. Allí reposa envuelto en una aureola de
milagros. El pueblo cristiano ha rodeado, a través de
los siglos, de una gloria inmortal a esta santa
medieval. Fue canonizada por Urbano VIII el 25 mayo
1625.