Nº 111 - 29/06/10
LA EPOPEYA DE "LA JUNTADA"
Al igual que para
miles de pueblos diseminados por la pampa húmeda, las
actividades agropecuarias fueron para Santa Isabel el
motor que impulsó su nacimiento y desarrollo.
Nuestro país tuvo un vertiginoso crecimiento entre mediados del siglo XIX
y la década de 1930, convirtiéndose en una potencia
exportadora de granos, entre ellos el maíz, que le
dieron el mote de "granero del mundo".
Entre monstruosos silos, modernas máquinas agrícolas,
que valen fortunas, Internet, GPS, 4x4 y toda la
parafernalia tecnológica del sector agropecuario actual,
yace la vivencia de la "juntada de maíz a mano", o
simplemente "la juntada", tal como se conoció a la
cosecha de maíz por un siglo hasta la llegada, a fines
del la década de 1950 y principios de la de 1960, de las
primeras cosechadoras motrices con plataforma maicera.
Esta modalidad de la cosecha a mano, no sólo produjo una inmensa población
rural, con una inmensa capacidad de crear trabajo, sino
que también hacía funcionar los comercios de los pueblos
que debían abastecer a chacareros y a trabajadores de
insumos para la cosecha. En Santa Isabel grandes casas
de ramos generales fueron las encargadas de mantener el
suministro de bolsas, hilos para cerrarlas,
combustibles, herramientas, repuestos, aperos y
comestibles, entre otras cosas. En los comienzos del
pueblo, la más importante fue la de Francisco Salemme
cuyo salón de ventas, más tarde, pasó a ser de la
Cooperativa Unión y Fuerza con igual finalidad. También
se puede mencionar la de Justo Vázquez que cerró sus
puertas a mediados de la década de 1950. Había en el
pueblo, además, infinidad de boliches y grandes
herrerías, mientras florecían las peluquerías y los
lugares para alojar a los trabajadores. Hay una versión,
nunca comprobada, que dice que Santa Isabel llegó a
tener más de 7.000 habitantes, cifra demográfica que era
impulsada por la gran cantidad de mano de obra que
requería el campo.

1931 - Juntadores de maíz en un campo de Santa Isabel.

1938 (aprox.) - Chacra de
Gavio. Cargando a una chata las bolsas con espigas de maíz
dejadas en el campo por los juntadotes. Los más chicos
disfrutan de la jornada.

1938 (aprox.) - Chacra de
Gavio. Descargando espigas de maíz desde una chata al carro
para cargar la troja.

1940 (aprox.) - Desgranada
de maíz accionada por un tractor en la chacra de la familia
Carpi. |
El cultivo del
maíz implicaba técnicas diferentes a la del trigo y
otros cereales, siendo su cosecha un hecho importante
que imprimía en todo el campo una actividad humana,
inimaginable en la actualidad, que duraba varios meses,
desde marzo hasta junio o más aún.
Luego de la siembra, realizada según las épocas, con técnicas variadas,
pero siempre muy primitivas, y ya crecido el maíz y
listo para ser cosechado, llegaban a las estancias o a
las chacras los "juntadores de maíz" o "deschaladores"
-a veces familias enteras- dispuestos a emprender la
tarea por un magro jornal. Además de la mano de obra
local, llegaban trabajadores golondrinas de distintas
provincias o inmigrantes europeos tratándose, muchas
veces, de gente ya conocida por los propietarios debido
a que repetían la labor año tras año. En nuestra zona,
donde predominaba la pequeña propiedad y el trato era
más personalizado con el chacarero, éste los dejaba
vivir toda la temporada en sus galpones u otras
dependencias, pero en las grandes propiedades o en
lugares que no poseían estos lugares, los trabajadores
construían para ellos y sus familias una suerte de
chozas hechas con palos, con hojas de maíz o chala en
las paredes y con techo de chapa que -excepto la chala-
duraban de un año para otro. Se estima que entre
quinientas y seiscientas mil personas participaban de
este tipo de cosecha. Luego la tecnología y la política
terminaron con el trabajo del juntador de maíz, quién
pasó al olvido.
Una vez instalados los juntadores, comenzaba la cosecha o juntada, para lo
cual se les proveía de un cinto confeccionado con tela
de bolsas de arpillera, con varios ganchos destinados a
enganchar la maleta; era un cinto bien ancho para evitar
que sufriera la cintura del trabajador en el esfuerzo.
También se les daba la maleta, que era un gran
recipiente de lona de dos metros de largo y cuarenta
centímetros de ancho y con su parte inferior hecha de
cuero para resistir el desgaste por el arrastre sobre el
suelo que se facilitaba cuando, por el roce continuo se
ponía bien tersa y lustrosa. Otros elementos eran las
bolsas de arpillera para poner las mazorcas o espigas de
maíz y la aguja o púa que era una punta de hierro con
una empuñadura para proteger la mano del continuo choque
contra el filo de las chalas.
Para llevar
adelante el trabajo, los juntadores formaban parejas o
yuntas, ya sea de dos hombres o, en caso de familias, el
marido y la mujer. Cada yunta tomaba a su cargo una
parte del cultivo, que era conocido con el nombre de "la
lucha" (de allí el dicho "estar en la lucha"). Eran 20
surcos para deschalar que se comenzaban desde el medio,
dirigiéndose cada uno hacia el extremo de los surcos,
arrancando con la púa las espigas a izquierda y derecha
(de a dos surcos a la vez) y echándolos a la maleta que
tenían entre las piernas, la que los obligaba a caminar
todo el tiempo con las piernas muy separadas e
inclinados hacia adelante. Cuando ésta se llenaba -unos
30 kilos-, la vaciaban en las bolsas que tenían
preparadas al final del recorrido donde entraban hasta
100 kilos y repetían la operación llenando nuevamente la
maleta y nuevas bolsas. Un juntador de maíz llenaba unas
15 bolsas por día y había unos pocos que eran famosos
por llegar a las 20.
Una vez terminada la "deschalada", una "chata rastrojera" tirada por
caballos percherones recorría las luchas de donde se
retiraban las bolsas que debían estar bien llenas y
hasta con "coronita", es decir con las mazorcas
sobresaliendo por arriba, para evitar que el chacarero
rezongara. La chata las trasladaba a las cercanías de la
"troja" que se estaba armando y, a medida que se
descargaban, las bolsas iban quedando al costado de la
misma. Al finalizar la jornada se devolvían al chacarero
la bolsas vacías, se controlaban las que se habían
llenado y vaciado y se anotaba cuidadosamente cuantas
correspondían a cada trabajador.
La troja (o trojes) era una estructura circular de unos 10 metros de
diámetro y otros diez de alto, fabricada con cañas de
Guinea o con cañas y chala de plantas de maíz; donde se
podían mantener estacionados durante un tiempo las
espigas recolectadas. Para hacerla se marcaba el círculo
(generalmente perduraba el del año anterior) y bien
cercano al mismo se plantaba firmemente el "palo mayor"
que medía entre 12 y 14 metros de altura y llevaba una
roldana en su extremo superior. Luego se hacían las
paredes circulares de la troja clavando bien, una al
lado de la otra, las cañas o las plantas de maíz
recogidas del campo que se reforzaban por fuera con
anillos de alambre que llamaban "las riendas" y que
tenían la medida de la circunferencia de la troja.
Estaban hechas con argollas y ganchos para ser
desarmadas fácilmente y guardadas para el próximo año,
aunque también había quienes las armaban con alambre y
torniquetes, con unos 5 centímetros de separación. A
medida que la troja se iba llenando y aumentaba en
altura, se iban agregando también más cañas o plantas de
maíz y riendas para que las paredes se elevaran en
concordancia. La llamada caña de Guinea (conocida como
cañaveral) era muy usada porque su medida es de casi
cuatro metros, lo que facilitaba el armado de la troja.
Aún hoy, en las pocas taperas que sobreviven, producto
de la profundización de la política de despoblación y
sojización de de los campos, en favor del hacinamiento y
la pauperización de la población en los grandes centros
urbanos, se pueden encontrar sectores donde crecen estas
cañas que eran destinadas a variadas aplicaciones, entre
ellas la construcción de trojas.
Las espigas no se colocaban directamente sobre el piso de la troja, sino
que previamente éste era cubierto con una capa de chala
de unos 50 centímetros de espesor para evitar que las
que quedaban en el fondo comenzaran a brotarse por el
contacto con la humedad del suelo.
El palo mayor se mantenía bien erecto, "a plomo", y firme merced a unos
gruesos cables de alambre trenzado que bajaban, bien
tensos, desde el extremo superior hasta cuatro postes
apuntalados a su alrededor, a unos 35 metros de
distancia. Con esta estructura se armaba el mecanismo de
carga de la troja, una especie de funicular cuyo riel
era un grueso cable tendido desde la punta del palo
mayor hasta una estaca clavada en la tierra. El
transportador de las espigas era un recipiente conocido
como "el carrito" que tenía dos roldanas en la parte
superior y una compuerta en la parte inferior con una
argolla para atar una soga. El carrito se colocaba
colgando de sus dos roldanas sobre el cable-riel de
manera que circulara fácilmente sobre él y se le ataba
de frente, mirando al palo mayor, una soga de unos 40
metros de longitud cuyo extremo, después de pasar por la
alta roldana del palo mayor, se ataba a la cincha de un
caballo. Los peones cargaban las espigas en el carrito y
el jinete, desde la otra punta, comenzaba a avanzar
haciendo subir el carrito hasta estar bien sobre el
centro de la troja. Al llegar allí un mecanismo
constituido por otra soga hacía que ésta se tensara y
que se abriera la compuerta del carrito, descargando el
maíz en la troja. Luego, jinete y caballo retrocedían,
el carrito bajaba mientras el mecanismo de la segunda
soga cerraba la compuerta. El carrito quedaba al pié de
la chata restrojera para repetir esta labor una y otra
vez hasta terminar con las cargas que llegaban en las
chatas.
Si la cosecha había sido muy rendidora y la troja no alcanzaba para todas
las espigas recolectadas, se marcaba una nueva y se
trasladaban a ésta los mecanismos utilizados en la
anterior.
Terminada esta tarea las trojas quedaban al aguardo de la desgranadora,
una máquina que se situaba cerca de las mismas. Se
realizaba una abertura en la base se la troja, sin
cortar los alambres y se le arrimaba la noria, un
mecanismo con una cinta sin fin que arrastraba los
choclos hasta la máquina. Por un efecto de embudo, al
chuparse por debajo las espigas, se producía
simultáneamente un gran agujero en el centro de la troja
que, indefectiblemente la haría inclinar y caerse. Para
evitar esto, dos peones se situaban encima de la troja
manejando un gran rastrillo horizontal, "el peine", que
estaba atado por un cable de acero a un malacate de
enrollamientos manejado por el "palenquero" de la
desgranadora. Los peones clavaban el peine en las
espigas acumuladas y el palenquero accionaba el embrague
que recogía, enrollándolo, el cable del peine que de
esta manera arrastraba los choclos hacia el agujero
rellenándolo de continuo. Inmediatamente libraba el
cable para que los peones de arriba de la troja lo
clavaran nuevamente para repetir el trabajo.
La desgranadora, como su nombre lo indica, "desgranaba" el marlo
arrancándole los granos de maíz que iba largando por una
boca mientras los costureros cosían las bolsas en que se
embalaba.
La fuerza que movía a estas desgranadoras era, hasta la
década de 1940, un motor a vapor externo que funcionaba
de acuerdo a la naturaleza. Los marlos eran usados para
la combustión que producía el vapor tanto para desgranar
el maíz como, si los había, para la trilla de los
cereales del verano. Su poder calórico le daba tiempo al
foguista que alimentaba "la grilla" del vapor de tomarse
unos mates durante su trabajo porque la pava, colocada
cerca de ésta, mantenía el agua siempre caliente. Además
los marlos brindaban una combustión más limpia por lo
que el ayudante del foguista no debía estar
continuamente sondeando los caños de calor como sucedía
en la cosecha del trigo si se usaba la paja de este
cereal para la combustión.
C on la llegada de los primeros tractores los antiguos
motores a vapor fueron reemplazados por estos nuevos
aparatos que tenían motores a explosión. A fines de la
década de 1930 apareció una nueva desgranadora motriz
accionada con motor a explosión. La fabricaba la firma "Melquiot",
y siendo sensiblemente más pequeña que las desgranadoras
comunes, iba montada sobre un chasis de Ford T. La
máquina era tan rápida que un buen costurero no podía
seguir su producción, por lo que debían trabajar dos
buenos costureros casi sin levantar cabeza para seguirle
el ritmo. Esta máquina fue un gran avance para la época
ya que, como era automóvil, bastaba engancharle un
acopladito y transportar, con ella, a todo el personal y
las herramientas.
También son recordadas las desgranadoras manuales. Su uso estaba destinado
a desgranar las espigas que se destinaban a la
alimentación de los animales mientras se esperaba la
llegada de la desgranadora grande.
Mientras bajaba el nivel de la troja y se desgranaban las espigas, había
que estibar las bolsas con maíz. Esta bolsas,
debidamente cerradas -las mejores eran de yute importado
de la India- pesaban unos 80 kilos y se acumulaban en
pleno campo abierto en las llamadas "estibas de campaña"
que tenían forma piramidal. Esta manera de apilar las
bolsas obedecía a una doble razón; por un lado
facilitaba un más rápido escurrimiento del agua en caso
de lluvias; por el otro facilitaba el control y la
contabilización por parte de los propietarios del campo
cuando el chacarero era arrendatario. En los casos de
grandes propiedades se solía pactar el pago del
arrendamiento en especie, consistente en el 33% de la
cosecha embolsada. Estibado el grano, aparecía el
representante de "la administración" que sellaba el
porcentaje de bolsas que le correspondía al
terrateniente con un sello con sus iniciales o su marca
que se aplicaba con grasa negra o de carro. De esta
manera quedaban identificadas las partes que se
separaban adecuadamente al ser estibadas, luego, en los
galpones del ferrocarril que las transportaría a su
destino.
Basado en un texto
de "Vida y Costumbres de la
Pampa Gringa" de Héctor Marinucci - 1997
Colaboración: Norberto Dall'Occhio y Pedro Adamo
Pellegrini.
Fotos: "Banco de Imágenes de Santa Isabel",