|
Nº 75 - 20/02/07
CORSO CON EFECTO
DOMINÓ Este es un tiempo en el que la
fiesta de carnaval pasa totalmente desapercibida en nuestra localidad,
aunque hasta hace muy poco se han organizado algunos corsos.
Si bien es imposible saber con precisión en que
fecha se comenzaron a realizar estos festejos en Santa Isabel, hay
fotografías tomadas en 1925 que muestran disfrazados y carrozas
adornadas para la ocasión.
Pero la historia que nos interesa y que se
cuenta como verdadera, con algunas variaciones, sucedió mucho más
adelante en el tiempo, en un año incierto de fines de la década de 1960
o principio de la de 1970. Era el tiempo en que todavía se jugaba con
agua y no solo en los corsos. Cualquier día de carnaval y a cualquier
hora se podía llegar a recibir un baldazo de agua. Las guerras entre
chicos y chicas, niños, adolescentes y jóvenes - y a veces también entre
gente más grande- eran moneda corriente y una sana y alegre manera de
divertirse. La serpentina y el papel picado aún seguían siendo los
elementos más usados para tirarle a los disfrazados, a las carrozas o al
sexo opuesto, y los pomos de plástico para agua, de distintos tamaños y
colores, eran el furor. No existía la nieve loca y los globitos recién
empezaban a aparecer. Luego de su
reapertura, el Hospital Miguel Rueda era la institución organizadora de
los corsos aunque a veces se lo concedía a alguna otra entidad. También
era la propietaria de unos postes cuadrados que, pintados de varios
colores, en la parte superior formaba una "V" llena de lamparitas por
arriba y por abajo. Esos palos, que sostenían las bocinas para el sonido
y llevaban adosados unas chapas circulares con caricaturas pintadas, se
colocaban en el centro de la calle formando una avenida por la cual
circulaban las carrozas y los automóviles -que pagaban entrada para
estar en el corso- en una especie de vuelta del perro sin fin.
Esa vez se organizó en calle San Martín, desde
Santa Fe hasta José Ingenieros. Sobre la calle pavimentada se habían
colocado los palos sostenidos en la base por tubos de cemento llenos de
arena adonde se los había plantado, tal como era el sistema. Por ellos
-5 o 6 por cuadra- pasaban los cables para encender las lámparas y
conectar las bocinas. Después de algunas noches de éxito se decidió
extender el corso una cuadra más, hasta Paraguay, esta vez en una calle
de tierra y con otros postes enterrados en el centro de la calle.
Se acercaba un nuevo fin de semana que se
perfilaba con muy buen tiempo para concentrar a mucho público en otra
noche "carnestolenda", como se decía. Pero el destino fatal quiso que
una tardecita calurosa avanzara por José Ingenieros una cosechadora que,
al pasar por la esquina de San Martín, enganchó, sin que el conductor se
diera cuenta, uno de los cables del corso que cruzaba la bocacalle...
Sobrevino el desastre... El primer poste, que estaba sobre la esquina,
cayó cerca de la vereda contraria al Club Juventud. Este tiró de los
cables y arrastró al segundo, este otro al tercero y así sucesivamente.
Una especie de efecto dominó se había activado. Se
cuenta de señoras que buscaron refugio en el umbral más cercano y que
varios parroquianos que estaba disfrutando de un aperitivo en la vereda
de un bar de San Martín al 1200 (hoy una heladería) cuando vieron venir
la ola de postes dejaran los tragos y vituallas sobre la mesa y
corrieron a guarecerse al salón.
El efecto solo se detuvo cuando, al llegar a
Santa Fe, cayó el último de los postes. No hubo heridos ni mayores
daños, pero los organizadores del corso debieron dedicar trabajo extra
para levantar todo lo caído contra reloj para brindar otra noche de
carnaval. |