28/03/11
LA INFANCIA, ESE PAÍS AL QUE SIEMPRE DESEAMOS REGRESAR


La
Promoción 1964 de
la escuela Nº 179 Bartolomé Mitre. |
¿Cuándo
fue, cómo fue que perdimos de pronto la niñez y nos
llenamos de cuestiones de una vida adulta que de tan
larga y densa nos vamos olvidando lo que
verdaderamente marca a fuego los destinos?
A
veces la fugacidad del tiempo nos vuelve ciegos a las
verdades. Nos convertimos en seres ocupados y
preocupados, sin momentos para el juego, para la amistad
que nace por encima de las prerrogativas sociales,
laborales y familiares.
La
infancia es sólo un destello de luz sobre nuestras
urgencias, las mismas que nos dejan sin libertad frente
al inmenso cielo que alguna vez fuera nuestro. Como lo
eran los patios, los árboles, las calles abiertas al
encuentro con la fantasía, las siestas secretas y los
planes para los domingos a la tardecita.
Cada
primavera era la fiesta esperada, y hasta el cementerio
el día de muertos era oportunidad de juegos con los
compañeros de todos los días. Aquellos tan distintos
entre sí con los que compartíamos horas, banco,
travesuras, otoños y crecimiento.
El
picnic en la cancha, el monte de la estación- tan
atractivo como el pecado- la escarcha en las cunetas,
las temidas manchas de tinta, el herbario y las
diapositivas sobre San Martín que parecían a nuestra
fabulación las mejores películas de efectos especiales.
Hasta que luego de estar absortos en la historia se
descorrían las cortinas negras con las cuales se cubría
la claridad para envolvernos en la penumbra de la
ensoñación.
No
había mejores biscochos ni café con leche más rico, aún
uno parece saborear el aroma que salía de los canastos y
de nuestros vasos de plástico.
Lo
que ocurría en la escuela pasaba justo por el centro de
nuestros corazones, ocultos bajo los almidonados
guardapolvos en los días de fiestas patrias.
Aprendimos
a bailar la tarantela, a cantar en italiano “e messa
note”(¿cómo se escribirá?), y “Puentecito del río”, y el
Himno a Sarmiento del cual nunca comprendimos el
significado de “gloria y loor”. Aprendimos a calcar
mapas con tinta china con precisión de dibujantes
técnicos.
Yo
no quería ir ese día del encuentro, después de tantos
años.
Me
parecía doloroso mostrar el tiempo transcurrido,
descubrirme y descubrir el presente que todos habíamos
construido lejos de las vivencias y la compañía
cotidiana de la niñez perdida.
Una
vez entre los antiguos compañeros, algunos de los cuales
nunca más vistos durante breves cuarenta y seis años,
algo de la magia de entonces volvió con energía
desconocida.
Habíamos
cumplido o estábamos cumpliendo nuestros primeros
cincuenta y nueve.
Después
de los abrazos y los consabidos –“¿me conocés?, poco a
poco fue volviendo el recuerdo vivo . Al rato, luego del
primer impacto, una cercanía que estuvo siempre
escondida en la memoria, se hizo palpable y emotiva. Nos
tomamos de las manos para jugar como cuando éramos
chicos.
Nos
atropellamos para hablar, para contarnos cosas, para
recordar otras, para prometernos próximos encuentros, y
hasta para hacer la punta del baile subiendo al
escenario como niños traviesos y audaces.
Aún
al cabo de varios días mantengo la maravillosa sensación
de haber recobrado algo muy importante, un tesoro que se
guarda tímidamente, del que pareció olvidarse el lugar
exacto del escondite, pero que uno puede encontrar en la
simpleza del reencuentro, de la cercanía de los cuerpos
y las miradas, de las manos entrelazadas para volver a
jugar.
Gracias
Flaco Gobbi por el empeño puesto en estos 100 años de la
escuela de nuestra infancia, la 179 de Santa Isabel.
Quiero que vuelvas a sentarte conmigo en el banco doble,
que me manches el guardapolvo con tinta, que nos demos
molestos manotazos.
Gracias
Raúl Abreu, siempre tímido, tan educado, enamorado en
silencio de Susana.
Gracias
Susana Arminchiardi, quiero ponerme esas cancan azules
que usabas en tus piernas flacas, y gracias Alicia
Favaro, todos admirábamos tu preciosa estampa de niña
rubia, la mejor del grado.
Gracias
Turquito Abrahan, quiero que me digas “gorda” como
antes, prometo no fulminarte con mis ojos grandes de
vaca asustada. Gracias Edmundito Pellegrini, cuando
quieras volvemos a cantar la canción en italiano que nos
enseñó el maestro Carra. Gracias Osvaldo Zanotti,
gracias Rubén Giorgi, volveremos a jugar la “comisandia”
en el patio. Gracias María Elena Villalba, gracias Vilma
Dicroce, por tantas “sola y solita” con las que
chocábamos a los chicos desprevenidos.
Gracias
Eduardo Marianucci, sé que ya no les dices malas
palabras a las maestras. Gracias Adolfito Ansaloni,
porque nunca peleabas con nosotras. Gracias Omar Martín,
muchas gracias por mentirnos cariñosamente “están
iguales”, gracias Juan Domingo Ferrari, siempre fuiste
buen compañero.
Gracias
María del Carmen Otamendi, nos encantaba tu pelo largo y
oscuro. Gracias Teresita Amadío, tu sonrisa sigue
intacta y aún refresca.
Gracias
a todos, a los que no fueron y a los que desde alguna
estrella compartieron esos hermosos momentos, con los
que hacemos en nuestra memoria un tren infinito tomados
de las manos, para siempre.
Gracias
a la escuela, a nuestras maestras y al Sr. Benedetti,
que nos pintó el paisaje más hermoso y no nos dimos
cuenta. El bello e inolvidable paisaje de la infancia.
María Rosa Montes
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