21/12/09
ESPÍRITU NAVIDEÑO Luego
de ése laborioso nacimiento a la vera del camino hacia
Belén, en un oscuro agujero, iluminado por el dolor de
su madre, cobijado por la incandescente fe de su padre,
arremete hacia la vida propia y la de millones de
hombres, que durante centurias cometerán en su nombre
acciones que El jamás aprobaría, un niño palestino y
pobre que por éstos lados conocemos como Jesús.
Jamás leí la
Biblia, ni lo voy hacer. No por necedad, sólo que el
episodio de su nacimiento es para mi lo suficientemente
revelador para entender de qué se trata. Por supuesto
que los milagros, los perdones, las profecías y la
valentía, desparramados en su corta vida terrenal,
ayudan. Pero me basta con el gran evento que significó
un minúsculo y común parto para la época, miserable en
términos económicos y sanitarios. Sin embargo, Creo, así
con mayúscula, que lo común, lo minúsculo y la miseria
que rodearon el nacimiento que desde hace dos mil años
nos influye tanto, es el más poderoso mensaje que nos
deja el Cristianismo.
Así es que,
durante siglos festejamos Su nacimiento. Lejano en el
tiempo y en la distancia. Y en la esencia. No creo que
esté mal hacerlo de la manera que lo hacemos, donde las
protagonistas del festejo son las ropas, las vituallas y
las burbujas. Un cumpleaños, por estas latitudes, si se
puede, se festeja así. Lo que está mal es vestirse con
la hipocresía, ingerir grandes cantidades de egoísmo y
embriagarse en la soberbia, olvidando, no sólo cada 25
de Diciembre, sino los 364 días restantes del año, que
Jesús vive en cada niño, que su templo sagrado, el que
construye diariamente, luego del hombre destruirlo,
también cada día, está en los ojos de un niño.
Su felicidad,
es la felicidad de un niño, entonces, cuando un niño te
mire y denote tristeza, más aún, desesperanza, deberás
dejarte invadir por el leve misticismo del pesebre y
convencerte de que Jesús te observa y te juzga a través
de esos ojos.
Al levantar
nuestras copas, recordemos ésa lúgubre cueva, sólo un
instante y prometamos que la siguiente navidad el peso
de nuestras conciencias será sensiblemente menor y
entender que la beneficencia sola, no exculpa.
Feliz Navidad!
Dr.
Marcelo F. Herrera (mh.hombresuburbano@gmail.com.ar)
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