Nº 86 - 03/03/08
CHARAMUSCA
Se
llamaba Pedro Ismael Núñez y vivió en una época de cosechas en bolsas de
rubio trigo y del permanente crecer de los hornos de ladrillos. Para
todos era simplemente el "Negro" Núñez y luego, por algo que pasó alguna
vez, Charamusca.
Era un buen tipo. Un
laburante que transpiraba su alta espalda que casi ni se encorvaba
hombreando, una tras otra, cientos de bolsas que volcaba con maestría en
las pilas que se multiplicaban en las planchadas de los galpones del
ferrocarril.
Por su cercanía con
la Capital Federal, muchas de las cosas que entusiasmaban a los
porteños, también se hacían carne en la gente de la zona. Por ejemplo el
fútbol, y claro, también la música, sobre todo el tango. Por eso eran
comunes los bailes populares con una o dos orquestas de las más famosas
de Buenos Aires.
También era una época
en donde la gente acostumbraba a pasar muchos momentos en los bares con
el clásico paño del billar como testigo. Y los más humildes de esos
hombres pasaban sus horas en los boliches de entonces, que eran lugares
para las partidas de naipes; algún travieso codillo o, quizás, un
mentiroso truco. Y esos boliches fueron, con su mostrador petiso y
gastado, el lugar para olvidar alguna pena o festejar alguna alegría
donde ganaban, por muerte, el tinto y el blanco acompañados por la caña
fuerte, la grapa o la ginebra.
El "Negro" Núñez era
un permanente visitante de esos templos de la amistad y, muchas veces, del
coraje. Soltero cuarentón, casi tímido con las mujeres, alguna vez, en
sus 20, había jugado para un club del pueblo. Fue un habilidoso inside,
como se los llamaba, pero su pasión por las copas fue más fuerte que el
fútbol, y el deporte no pasó de una pequeña época. Su gran amor era
el tango, y mucho más cuando la bruma del alcohol obnubilaba su
pensamiento. Entonces, cuando se adormecía sobre el mostrador y aparecía
un tango en la radio, automáticamente se llevaba su mano derecha al
pecho y extendiendo el brazo izquierdo, medio encogido, se dejaba llevar
por los sones de esa música porteña y solo, con sus pies vestidos por
gastados zapatos negros, dibujaba arabescos complicados, siempre, muy al
compás. En esos momentos el tango y el Negro Núñez se fundían en un solo
sentimiento.
También, de su mente
torcida por el vino, surgían miles de anécdotas de mujeres y de
encuentros furtivos que nadie creía pero que todos seguían con atención,
porque ésa era parte de la escena que protagonizaban hombres rudos y
laburantes en el escenario imaginario que le daba forma el boliche.
Él no se perdía de
ver ninguna de las famosas orquestas que venían en los veranos calurosos
de Santa Isabel. Primero desde afuera del baile, que siempre se hacían
al aire libre, y después, cuando levantaban la boletería, desde adentro,
cerca del bufet. Entre botellas de cerveza y naranjina vacías, y de las
llenas, que estaban en los tambores con agua y barras de hielo, verlo a
él era algo común. No molestaba a nadie. Y si la orquesta era tanguera,
ponía su palma derecha en su pecho, extendía el brazo izquierdo medio
encogido y, cerrando los ojos, dibujaba un tango con sus pies cansados
de tanto andar.
Aquella noche actuaba
la orquesta típica de Osvaldo Pugliese con las voces de Alberto Morán y
Juan Carlos Cobos en la pista al aire libre de la Sociedad Italiana, que
se hacía pequeña para albergar a tantas parejas. Como siempre, el Negro
Núñez, cuando dejaron de cobrar, entró por la puerta chica, por esa por
donde horas antes habían entrado los cajones de bebidas luego consumidas
rápidamente. Y también, como siempre, se deleitó bailando solo y casi en
la oscuridad los tangos del maestro Don Osvaldo. Esa noche también, como
siempre, los vapores del vino lo habían dominado.
Cuando terminó el
baile y la gente ya se había retirado llena de tangos, los muchachos de
la comisión agasajaron con un asado a Pugliese, sus músicos y sus
cantores. Dicen que le contaron al maestro de las habilidades del Negro
para bailar y que Pugliese se le acercó y lo invitó a que lo hiciera
para él. Dicen que por su destacada timidez se negó varias veces, pero
que la presencia y su admiración por el gran maestro lo hizo por fin
aceptar. Que hasta una de las mujeres de la sub comisión de damas se
ofreció a acompañarlo a bailar. Y dicen también que con su voz aflautada
Pugliese le pidió a uno de sus bandoneonistas que ejecutara el tango
Charamusca.
Quedó dicho que esa
noche el Negro Núñez bailó como nunca. Aquello fue parte de sus
historias y siempre agregaba "A mi el maestro Pugliese me dijo, si usted
hubiera vivido en Buenos Aires, mi amigo, sería famoso bailando el
tango". Por eso, desde aquel momento lo llamaron Charamusca.
Pasó el tiempo. Y una
noche de copas, precisamente cuando apoyó su palma derecha en su pecho,
estiró el brazo izquierdo un poco encogido y se dejó llevar por un tango
que surgía de la radio de un boliche del pueblo; en ese momento, su
corazón dijo basta y, como dijeron sus amigos, Charamusca se fue en un
tango.
Al día siguiente,
cuando lo llevaban a su última morada, alguien puso en un viejo
tocadiscos Winco un simple de Pugliese. Era el tango Charamusca. Y
pareció que sonaba como remarcando mucho más su compás porque
acompañaba, en su último viaje, a un tanguero de alma. Al "Negro"
Núñez... perdón, quise decir a Charamusca, el que murió en su ley.
Víctor
Carlovich