Nº 40 - 20/12/02
CUANDO CALIENTA EL SOL AQUÍ, EN
SANTA ISABEL.
¿Como
fueron y como son los veranos en Santa Isabel?. Costumbres,
cosas e historias de días ardientes.
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Pileta del Club Juventud
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Pileta del Club Belgrano
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La recordada Bidú Cola.
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Laguna de Raimundi en los
60'.
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Cosecha del trigo en los '20 y '30.
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Las "pantallas"
de Ducay.
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Que los veranos tienen características
similares en muchos lugares de nuestro país no es ninguna novedad. La
Navidad, la siesta, el calor, los mosquitos o como refrescarnos son
temas que atañen a millones de personas. Pero paralelamente a estas
cuestiones tan generales, cada comunidad ha ido elaborando costumbres y
produciendo historias según su lugar geográfico y condición económica.
Incluso, ya hablando de nuestro pueblo, podemos encontrar distintos hábitos
veraniegos si averiguamos en diferentes grupos o familias. Observando
la actualidad y preguntando a los memoriosos hemos realizado esta breve
reseña de costumbres, historias y cosas que están ligadas a esas
cuestiones generales pero que contienen, en muchos casos, el sello de
Santa Isabel.
LA ALEGRÍA DE UN CHAPUZÓN
La laguna El Aljibe (conocida también como de Raimundi) fue el
lugar al que siempre, en mayor o menor medida, los isabelenses acudimos
para darnos un chapuzón. Si bien estas aguas barrosas siguen siendo
visitadas de vez en cuando para un baño, practicar windsurf o dar una
vuelta en lancha o en moto acuática, hace ya mucho tiempo que no
convocan tanta gente como lo hacían antes de la aparición de las
piletas. Hasta ese entonces (y desde un momento impreciso de la
historia, tal vez desde los años treinta) no solo las familias de Santa
Isabel acudían a refrescarse y pasar un buen momento los fines de
semana -especialmente los domingos- si no que también lo hacían las de
María Teresa que llegaban por el camino de tierra que une ambas
localidades.
Los que poseían un vehículo solían viajar a otra laguna, la de
Melincué, que es más grande, iba más gente y, donde los sábados y
domingos se hacían bailes. Lo hacían por el viejo camino que une
Chapuy, Carmen, Elortondo y Melincué y era común que se realizaran en
algún camión para llevar a un gran número de personas.
En el verano de 1968/69 comienza a funcionar la primer pileta del
pueblo. Estaba en la casa que la familia Sylvester tenía en la calle 25
de Mayo y la vía. Si bien era privada, todos los pibes del barrio y de
más allá, se trepaban, desde la vía, al tapial para mirar, deseosos,
como la gente se bañaba. Los dueños, indefectiblemente, invitaban a
todos los chicos a tirarse al agua y pasar un momento de felicidad.
Esta pileta fue la punta de un cambio en las costumbres. Se
comenzaron a dejar de lado las lagunas y la gente se volcó a esta
modalidad.
En el verano 69/70 llegó Recreo Caribe, la pileta de la familia
Cugnoflís, (Eva Perón y Santa Fe) que fue construida íntegramente con
el trabajo de sus dueños que hicieron el pozo, rellenaron el terreno,
construyeron las paredes y levantaron un quincho que luego se transformó
en Neptuno, un boliche o confitería bailable, como se decía en ese
tiempo. Ésta, que era una pileta pública, porque se podía acceder con
el pago de una entrada, siempre se caracterizó por su belleza y tuvo su
momento de gran popularidad hasta mediados de la década pasada.
El 14 de febrero de 1971 se inauguró oficialmente la pileta olímpica
(20 x 50 m.) del Club Belgrano -que se mantiene con gran vigencia hasta
hoy- y se comienza a aplicar el concepto social en cuanto a que los
asociados al Club tienen algunos beneficios con respecto a los que no lo
son; por ejemplo el precio (por día o por temporada) que se abona para
poder meterse al agua es diferente para unos y otros. Belgrano además
ofrece, por estos días, un amplio lugar para hacer deportes, buena
sombra, parrilleros, colonia de vacaciones para niños, etc. en un
espacio de casi 1 hectárea. Estas comodidades se fueron cimentando a
través de los años con el esfuerzo de la gente que ha estado
trabajando en la institución.
El Club Juventud Unida también tiene su pileta social. Comenzó a
funcionar a principios de 1979 y es otro caso de trabajo institucional.
Si bien sus dimensiones son más reducidas no deja de convocar, año
tras año, a un importante número de bañistas y tiene la ventaja de
estar en la zona céntrica, Belgrano y San Martín. Al momento de
escribir esta nota todavía no se había habilitado debido a un problema
en su estructura pero se espera que será reparada en los próximos días.
Desde hace más de 30 años las piletas, privadas, públicas o sociales
son las que atraen a la gente en verano, especialmente a jóvenes y niños.
Pero es necesario aclarar que el mantenimiento de las mismas no es
gratuito; el Club Belgrano, por ejemplo, calcula que esta temporada le
demandará $12.000 de gastos que deberán solventarse, como en los otros
casos, con el aporte de los que concurran. Por esta cuestión, el placer
de darse un chapuzón en aguas limpias no es para todos. Solo la
popularización de las piletitas de lona y la buena voluntad de los
responsables de las más grandes ha permitido que aquellos niños que no
tengan para pagar puedan meterse en el agua. El estado, durante este
tiempo y en todas sus formas, ha estado casi siempre ausente y sin
proyectos serios en el tema.
SOBRE BEBIDAS Y HELADERAS,
El vino y la cerveza siempre han estado presentes, aunque ahora
hay una impresionante variedad de marcas y calidades. Las gaseosas, que
proliferan en sus envases de plástico, antes no eran tan comunes, se
las consumía de vez en cuando y no lo hacía todo el mundo. Por eso se
recuerda muy bien a la Chinchibirra, una limonada que ya se fabricaba en
el siglo XIX, a la "Bolita" Belinda, parecida pero de sabor
mas suave y a la Naranja Bilz, casi sin gas; todas desaparecidas hace
muchas décadas. Más cercana en el tiempo -y recordada casi con devoción-
está la Bidú Cola que se comercializó en las décadas del 50' y 60'.
De las que sobreviven de ese tiempo están la Crush y la Seven Up. La
Coca Cola se comenzó a vender a fines de los años sesenta porque -se
dice- no estaba autorizada en nuestra provincia por problemas legales
con la fórmula. Algunos la compraban en Arribeños o en Colón,
provincia de Buenos Aires; tener Coca Cola en casa daba cierta
importancia .
La granadina sobrevive desde tiempos inmemoriales. Este
concentrado rojo y dulce que se mezcla con agua o soda fue muy consumido
antes de la masificación de las gaseosas. Y, hablando de soda, es difícil
olvidar aquellos peligrosos sifones de vidrio que diariamente el sodero
dejaba en el umbral de cada puerta después de tomar los vacíos y el
dinero que las señoras dejaban debajo de ellos para pagarlos.
Ahora es difícil imaginar una vida sin electricidad, sin
heladeras y sin cadena de frío. Cuando esto no existía las costumbres
eran otras; el agua fresca de la bomba era lo que más se tomaba y,
exactamente al lado de las bombas de cada casa, había un pozo donde se
bajaba un balde con las bebidas o frutas para que el agua las
refrescara. Incluso algunas casas tenían un pozo dentro de ellas, con
una tapa en el suelo, dedicados a este fin. Los sótanos eran también
refrigerantes naturales, allí se guardaban las bebidas y algunos
alimentos.
Pero ninguno de estos métodos podían conservar por mucho tiempo
leche y carnes, la solución era consumir alimentos frescos. Por eso en
la mayoría de las casa había huertas y gallineros y en el campo, al
menos, una vaca lechera. Si se sacrificaba un pollo a media mañana, era
para consumirlo al mediodía. La "fiambrera", una especie de
jaula con tejido tipo mosquitero en la que se colocaba la carne, era un
elemento esencial que se colgaba en una galería o debajo de un árbol,
a la sombra y donde corriera aire. Protegía a la carne de las moscas y
la conservaba por un tiempito.
Las primeras heladeras que aparecieron fueron las de hielo, pequeñas
y revestidas de madera. En nuestro Nº 23 el Sr. Valentín Lamelza nos
contó que a la estación Otto Bemberg llegaba semanalmente un vagón
especial con pescados y lleno de hielo para conservarlos; mucha gente
llevaba este hielo a sus heladeritas. Por otra parte Juan Miculán nos
dijo en el Nº 38 que compraban hielo en Villa Cañás para hacer
helados. Estos eran algunos de los lugares de donde llegaba el hielo
hasta que, en la década del '40, comenzó a funcionar la fábrica de
Yaco Raimundi, que estaba en San Martín 1236 y que trabajó hasta los
'60. La gente le compraba ½ o ¼ de barra de hielo solo cuando era
necesario. Para las fiestas de fin de año se formaba cola de
compradores porque, además, lo colocaban en fuentones con las bebidas,
tapados con arpillera para que no se derritiera rápida mente.
En muy pocas casas y negocios había heladeras eléctricas, por
ese entonces de corriente continua. Además aparecieron las heladeras a
kerosén, muy problemáticas, que también tuvieron su momento de
gloria. Pero la revolución del frío llegó a Santa Isabel cuando en
1955 comenzó a funcionar la usina nueva con corriente alternada y que
además coincidió con un momento en que los artículos eléctricos
comenzaron a hacerse más masivos y había más hogares con heladeras eléctricas;
las más recordadas son las Siam -todavía hay algunas en marcha!- En
Santa Isabel algunos emprendedores se unieron para armar y fabricar
heladeras con la marca Santbel.
PICAN, PICAN LOS MOSQUITOS
Además de calor... mosquitos! Actualmente conocemos varios métodos
para matarlos o espantarlos: insecticidas en aerosol, tabletas,
repelente, etc. Nos cuentan que en un principio había quienes cubrían
las camas por arriba con un tul que, a la hora del descanso, detenía a
los insectos. Comenzada la década del '70 todavía el tul aún se usaba
en las cunas para proteger a los bebés. Otro método, que podía estar
combinado con el anterior, era regar el piso -de tierra- con fluido
Manchester.
Para matar moscas y mosquitos existía el Flit, un insecticida líquido
que se comercializaba en varios países y que se rociaba en spray con la
imprescindible "máquina de fli",una bomba manual de aire con
un recipiente para el líquido.
No podemos dejar de lado al espiral que aún se sigue usando. Hubo
un tiempo en que nadie dormía sin un espiral encendido que impregna
toda la casa y la ropa con su olor.
LA HORA DE LA SIESTA
La siesta, cosa sagrada, momento de sosiego... aunque, para
desvelo de los mayores, los más chicos jamás lo hayan comprendido así.
Las calles que antaño quedaban desoladas ya no lo están tanto y ese
momento de descanso suele frustrarse.
Por allí funcionarán los equipos de aire acondicionado super
silenciosos, distintos a aquellos que ronroneaban y consumían tanta
electricidad. Pero esto no es tan común, por eso la siesta no se
concibe, en verano, sin al menos un ventilador encendido.
En nuestra localidad, los ventiladores comenzaron a aparecer también
con la llegada de la corriente alternada en 1955. Antes de esto había
muy pocos, se recuerda al ventilador de techo del Bar Victoria de Tomás
Carlovich (Sarmiento y Gral. López) y a los de la Sociedad Italiana,
que eran pequeños y estaban sobre repisas alrededor de los palcos.
La estrategia para mantener frescas las habitaciones era ventilar
a la mañana temprano y cerrar todo cuando el sol comenzaba a hacerse
sentir. Los techos se hacían altos con esa finalidad; debajo de las
chapas tienen una capa de tierra y luego ladrillos para aislar las altas
temperaturas. En las casa de techos bajos, tipo rancho, al principio del
verano se ponía pasto o cañas sobre las chapas y todos los días se
regaba el piso para refrescar; muchas veces se dormía en el suelo.
En todos los casos el calor siempre era difícil de soportar. Para
aplacarlo se recurría a los abanicos o a las muy populares
"pantallitas". Estas consistían en un cartón rectangular
sostenido por un mango de madera, también las había todas de cartón.
Se regalaban con la compra en negocios de ropa. Las más famosas han
sido las "pantallitas" que obsequiaba Casa Ducay.
ARDE EL CAMPO
Tratemos de imaginar el comienzo de nuestro pueblo en febrero de
1908 en medio del campo virgen; solo yuyos y animales silvestres. En
cada chacra que se instalaba era primordial el agua y las bombas
manuales eran lo más común para obtenerla. También estaban los
malacates con caballos y, luego, fueron apareciendo los molinos de
viento con tanques australianos. Fuera cual fuera el medio con que se
contara, el agua a los animales y a la quinta no debía faltar.
Muy temprano, a la madrugada, se comenzaba con las tareas diarias
y agotadoras del campo. Por eso había familias que tenían la
costumbre, en verano, de tomarse un recreo cuando se acercaba las 10 de
la mañana; debajo de la sombra de un árbol se ponía una mesa y todos
se reunían a comer sandías y melones de la huerta -algunos años había
tantas sandías que solo se les comía el corazón y lo demás era para
los chanchos o las gallinas-. Después los hombres terminaban algunas
tareas y las mujeres se dedicaban a cocinar el almuerzo.
Si hacía mucho calor se comía en las galerías abiertas o en
otras dependencias que no fueran las cocinas porque para hacer de comer
se usaban las cálidas cocinas a leña.
En cuanto a la cosecha del trigo había grandes diferencias con
las actuales. No se contaba con los medios técnicos de ahora, en que
las cosechadoras, vistas desde lejos, parecen naves extraterrestres
donde detrás de sus relucientes cristales, en un ambiente fresco y sin
polvo, el conductor observa como la máquina recolecta los granos.
La tecnificación fue lentamente desde casi la nada a lo actual.
De tal manera antiguamente el trigo era cortado y atado en gavillas que
luego se emparvaban hasta que llegaba la máquina a vapor que lo
trillara. Todo bajo el sol ardiente, lo mismo que cuando se tenía que
emparvar el pasto para los animales. Aunque se piense lo contrario,
estos trabajos no se hacían con el torso desnudo, se usaban camisas
manga largas -de fosati- y en la cabeza un pañuelo mojado que cubría
parte de la espalda, apretado en la cabeza por un sombrero con pasto
fresco.
Las langostas, que fueron desapareciendo para la década del '50,
eran una plaga típica de verano. A mediados de diciembre comenzaban a
nacer y los primeros días de enero aparecían las saltonas que se comían
todo: huertas, montes frutales, sembradíos de girasol o de maíz y
hasta la ropa. Se había creado un organismo estatal, Defensa Agrícola,
que debía proveer de chapas barrera y otros elementos, aunque no
siempre era así. Las chapas barrera, de unos 50 cm. de alto, detenían
el avance de los insectos y se aprovechaba ese momento para quemarlas
con lanzallamas a kerosén. También, cuando se las veía llegar
se hacía ruido golpeando ollas, latas o cualquier cosa ruidosa; algunos
dicen que esto las espantaba, otros que era para avisarle al vecino.
Para que no siguieran multiplicándose, había que sacar una capa de
tierra en el lugar que los bichos habían desovado; se hacía con pala o
asada en medio de los maizales o donde fuera, siempre al calor del
verano. El tema de las langostas solía ser motivo de conflictos entre
vecinos ya que si alguno no hacía bien los trabajos, la plaga afectaba
a los demás
En 1974 alrededor de cuarenta y cinco establecimientos rurales
tuvieron electricidad mediante una obra que emprendió la Cooperativa de
Luz y Fuerza de Santa Isabel que todavía existía. El campo cambió sus
costumbres veraniegas y se igualó en comodidades con el pueblo,
aparecieron los ventiladores, heladeras eléctricas, bombeadores y demás.
Hablar de hábitos y cosas veraniegas es tema de nunca acabar. Nos
quedan los bares, las vueltas del perro, las heladerías, las fiestas de
fin de año, las calles polvorientas, el tomar fresco a la noche en la
vereda y tantas otras; incluso profundizar más las ya comentadas.
Si esta nota sirviera como disparador de charlas entre familiares
y amigos sobre recuerdos y realidades, sobre lo perdido y ganado,
seguramente se enriquecerían los temas tratados y nosotros habríamos
cumplido parte de la misión que nos impusimos al comenzar: comparar
como se vivía y como se vive cuando calienta el sol aquí, en Santa
Isabel.